09.10.2019 - Philipp Vorndran

El euro: más de lira que de marco


El euro: más de lira que de marco

El euro ha cumplido 20 años. ¿Motivo de celebración? Para los inversores alemanes, la moneda única supone un problema cada vez mayor, y muchos ni siquiera se dan cuenta.

“El euro será tan fuerte como el marco”: así lo afirmó Helmut Kohl, el canciller de la unidad alemana. Esta frase, pronunciada en los años noventa, transmite muy bien el estado de 

ánimo que imperaba en Alemania por aquel entonces, caracterizado por las reservas y por una tarea —formulada con más o menos claridad— que recaía en los políticos y los responsables del banco central: la de garantizar a toda costa que, ya que íbamos a perder nuestro marco, el euro fuera igual de fuerte que aquel.

El euro, sirviente de muchos amos

En aquel momento yo vivía en Suiza y trabajaba con muchos compañeros de diferentes países. Me parecía apasionante escuchar los planteamientos de los demás. Los italianos querían que el euro fuera una nueva lira, es decir, una moneda lo más “blanda” posible. Su lista de deseos incluía, además, unos tipos de interés bajos. Los franceses, por su parte, aspiraban a que el euro se convirtiera en una moneda de reserva internacional para plantarles cara a los estadounidenses y su dólar. En resumen, los responsables del euro, los políticos y los gobernadores de los bancos centrales se enfrentaban a exigencias y aspiraciones muy dispares y difícilmente conciliables. Y al final no contentaron a nadie.

Problemas evidentes

Han pasado 20 años desde el nacimiento del euro y los problemas de la moneda única están empezando a salir a la luz. En nuestra opinión, el euro no sirve como instrumento universal para economías tan diferentes: es demasiado débil para los Estados miembros con economías fuertes y demasiado fuerte para los países débiles, lo que al final se traduce en que el Banco Central Europeo (BCE), ante la incapacidad de satisfacer todas las necesidades, se ve obligado a actuar teniendo en cuenta a los más débiles. Por esta razón, el euro va camino de convertirse en una segunda lira con bajos tipos de interés.

Repartir los activos también entre otras monedas

Sin embargo, muchos alemanes todavía ven el euro como el sucesor natural del marco, tal como se les prometió. Una moneda fuerte como expresión de prosperidad económica. Esto es también un reflejo de la disposición de sus activos, en la que las monedas extranjeras están prácticamente excluidas. Durante décadas, los alemanes se acostumbraron a no tener la más mínima necesidad de preocuparse por el valor externo de su propia moneda. Pero los tiempos han cambiado, como demuestra la evolución del euro frente a las demás divisas importantes en los últimos años. Diversificar ampliamente los activos no significa repartirlos solo entre diferentes clases de inversiones y títulos individuales, sino también entre varias zonas monetarias.

A nuestro parecer, el euro continuará siendo débil —cada vez más débil, de hecho— y los tipos de interés se mantendrán bajos. Lo contrario supondría el fracaso del euro, puesto que determinados países se verían forzados a abandonar la unión monetaria. “Whatever it takes”, dijo el presidente saliente del BCE, Mario Draghi. Lo que sea necesario para salvar el euro. Al fin y al cabo, la moneda común es tan fuerte como su miembro más débil.

La política del BCE, el seguro de vida del euro

La promesa de rescate de Draghi es el seguro de vida del euro, al menos por un tiempo. La deuda, tanto pública como privada, sigue creciendo. Sin unos tipos de interés bajos sería casi imposible financiarla a largo plazo.

Caso omiso a los llamamientos al ahorro

Es poco probable que de repente empiece a dispararse el ahorro. Pongamos como ejemplo a 

Francia, cuya deuda está aumentando vertiginosamente. Resulta sorprendente que los franceses se hayan librado hasta ahora de las críticas a los desastrosos presupuestos de los Estados miembros de la eurozona. En su lugar, el foco está siempre puesto en los griegos y los italianos, una atención que durante un tiempo se centró también en los irlandeses y los portugueses. ¿Qué creen ustedes que diría un político del Gobierno italiano con ciertos conocimientos de economía si se iniciara un procedimiento de déficit excesivo contra su país? Haría referencia, y con razón, a los franceses y alegaría que no va a permitir que se apliquen dobles raseros. Dicho de otra forma: los italianos no tienen que temer un procedimiento de déficit excesivo porque aquellos que, como Francia, están en el mismo barco que ellos no van a tirar piedras contra los demás.

Alemania, ahogada por el ahorro

Los alemanes somos los únicos que de verdad estamos ahorrando, y estamos muy orgullosos de ello. Sacamos pecho con nuestro “saldo cero” como un maestro ante alumnos insolentes. Es de una absoluta ingenuidad creer que nuestra actitud acabará siendo aplaudida por la mayoría. No cabe duda de que ahorrar es encomiable, pero el efecto se diluye cuando todos los demás hacen justo lo contrario. Al final, lo único que se consigue con ello es perjudicar a las generaciones futuras. Mientras los demás invierten en infraestructuras y en educación, Alemania está ahogando su futuro.

Los inversores deberían invertir como buenos comerciantes

Cualquier empresario sabe que, para cosechar beneficios, primero tiene que invertir. Para el Estado, la inversión de hoy es el sustrato fiscal del mañana. Por eso, el saldo cero no debe ser nunca un fin en sí mismo. Nuestros socios internacionales llevan mucho tiempo sacudiendo la cabeza ante la obsesión alemana. Lo mismo puede decirse de las quejas de los ahorradores germanos sobre los reducidos tipos de interés. En cualquier otro lugar se les diría que se alegrasen, que solo cuatro de cada diez alemanes tienen una casa en propiedad en el país, que ahora es el momento de pasar de la libreta de ahorros a los activos tangibles. De invertir en una vivienda. De comprar acciones de primera clase.

Nadie, excepto los propios alemanes, entiende hoy en día la obsesión por el ahorro del ministro de Finanzas alemán ni el amor de los ahorradores por la libreta bancaria. El problema radica en nuestro pensamiento tradicional. Es hora de cambiarlo.

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