01.04.2021 - Shenwei Li

El plan chino


El plan chino

Quien se interesa por las tendencias mundiales mira hacia China. Desde Shanghai, nuestra analista Shenwei Li analiza los objetivos se ha fijado el país para los próximos años.

China es un país comunista. A pesar del auge económico, impulsado principalmente por el sector privado. A pesar de las enormes desigualdades de riqueza y de una clase media cada vez más grande cuya confianza en sí misma va en aumento. Según la antigua tradición comunista, todavía existe en China —al menos oficialmente— una “economía planificada”. En otoño del año pasado, los líderes del partido sentaron las bases para el nuevo plan quinquenal, el decimocuarto ya, que estará vigente de 2021 a 2025.

El texto es muy variado y abarca desde la política interior hasta la economía. Para los observadores occidentales no siempre resulta fácil de entender, lo que probablemente se deba también a la ambigua elección de palabras. Aun así, un plan quinquenal es muy importante en China, porque todas las actividades políticas y económicas se basan en él. Hemos comparado la nueva versión con la anterior.

Los objetivos climáticos parecen bastante impresionantes. Se prevé que China llegue el máximo de emisiones de CO2 en 2030, para después alcanzar la neutralidad de carbono antes del año 2060. Por desgracia, los autores no entran en detalles sobre cómo se supone que se llevará a cabo exactamente este “cambio de rumbo climático”, aunque podemos hacernos una idea a partir del plan de desarrollo de vehículos eléctricos en China. Según este plan, en 2025 uno de cada cinco medios de transporte debería funcionar ya con electricidad. Esta tasa se ha reducido en cinco puntos porcentuales respecto al plan antiguo, lo que hace que el proyecto resulte algo más realista. Los accionistas, entre los cuales hay sin duda algunos especuladores, se toman muy en serio la tendencia de los vehículos eléctricos. A finales del año pasado, por ejemplo, una empresa emergente china del sector eléctrico estaba mejor valorada que los fabricantes de automóviles más conocidos de Alemania.

El nuevo nacionalismo

En el nuevo plan, los intereses nacionales de la China continental se describen de una forma mucho más concisa que en el anterior plan quinquenal. Ya no se dice nada acerca de que Hong Kong vaya a seguir siendo un centro financiero y comercial independiente. Cabe esperar que en un futuro próximo Hong Kong esté a la altura de Shanghái, y que además se fusione con Macao, la provincia de Cantón y Pekín para formar un centro mundial de innovación tecnológica.

Por lo que respecta a Taiwán, la elección de palabras es aún más clara: mientras que en el último plan quinquenal aún se hablaba mucho de la cooperación entre los dos Estados, esta vez aparece la palabra reunificación. La lógica que hay detrás es que cuando no funciona la miel, no queda otra que recurrir a la hiel. Una política exterior aún más expansiva podría desembocar en conflictos internacionales en los próximos años, al menos si Occidente no tiene otras prioridades aparte de Taiwán y Hong Kong después de los trastornos causados por la pandemia de coronavirus. 

“Tener en cuenta a las clases más desfavorecidas “

La redistribución de la riqueza, originalmente uno de los objetivos principales de la política comunista, está viviendo un nuevo —si bien pequeño— despertar. El objetivo es explícito: “enriquecerse juntos”. A este respecto, durante el próximo quinquenio debería lograrse un “progreso palpable”. Me vienen a la mente recuerdos de Deng Xiaoping (“los primeros que se enriquecieron deberían ir poco a poco haciendo partícipes a los pobres”). Pero después de más de 30 años de auge económico, más bien parece que la nueva élite no está muy dispuesta a compartir el trozo de pastel, algo que se pretende cambiar con la intervención del Gobierno. La historia nos ha enseñado lo que sucedería si las diferencias sociales continuaran creciendo.

En concreto, el nuevo plan quinquenal prevé ajustes en los ingresos excesivamente altos (lo que con toda probabilidad supondrá también un aumento de sueldo para los trabajadores con salarios bajos). A esto hay que sumar las subidas de impuestos para los trabajadores con salarios elevados (que puede conllevar asimismo la aplicación de impuestos especiales directos o sobre el patrimonio), la mejora de las medidas sociales y el endurecimiento de las leyes antimonopolio (es de prever que el aumento de la competencia por la mano de obra incremente los salarios). Los inmuebles deben usarse para vivir, no para especular. Podría introducirse cierta protección del consumidor, por ejemplo, en los préstamos de consumo, muy populares y fáciles de conseguir. Hace poco, por ejemplo, se hablaba de un préstamo para un lujoso reloj de señora que costaba, al cambio, 67.000 euros y podía devolverse en dos años sin intereses con unas cuotas mensuales de unos 2.700 euros.

Si los chinos se acostumbran a consumir en exceso sin ahorrar al mismo tiempo, muchas personas podrían acabar en la pobreza. Pero si se produjera un cambio de mentalidad y se estableciera un objetivo reconocido, el de querer “enriquecerse juntos”, probablemente ya no sería tan malo perder prestigio social a corto plazo si los símbolos de estatus dejan de estar al alcance y disponibles. O bien los fabricantes y vendedores se darían cuenta de que los compradores que solo pueden adquirir los artículos de lujo a crédito, como es el caso de los relojes, seguramente no sean el público objetivo ideal. Pero aún está por ver si un plan quinquenal es capaz de cambiar la naturaleza humana en este sentido.

Quedan las repercusiones del cambio demográfico: el 18 % de la población china tiene más de 60 años. Ya en 2015 se abolió la política del hijo único, y el nuevo plan es el primero en el que no se menciona el control de la natalidad. Además de una mayor tolerancia hacia las familias con varios hijos, están cobrando cada vez más importancia las normas relativas a la jubilación. Las mujeres chinas se jubilan actualmente con 50 años, mientras que los hombres lo hacen a los 60.

Por supuesto, por lo que respecta a la planificación de la jubilación, sería mejor trabajar más tiempo. Por otro lado, los ancianos en activo dejarían de cuidar a los nietos, lo que supondría un problema. Puesto que en nuestro país la mayoría de las madres tienen que trabajar, la tasa de ocupación de las mujeres chinas ronda el 70 %. La consecuencia de que aumente el nivel educativo de las mujeres del país y de que ser ama de casa no se considere el trabajo perfecto sería que muchas mujeres con aspiraciones profesionales renunciarían a tener hijos.

En el plano económico, tampoco hay que subestimar el poder adquisitivo de las mujeres chinas que tienen ingresos propios. El desarrollo demográfico es quizá el mayor problema estructural de China, y ni siquiera el nuevo plan quinquenal podrá cambiar eso. Pero más vale eso que nada, así que es de agradecer cualquier apoyo en forma de política familiar.

 

Para más información sobre China, le invitamos a leer el artículo de Julian Marx en el número 1/2021 de nuestra revista trimestral Posición.

 

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