29.10.2020 - Bert Flossbach

El precio del confinamiento


El precio del confinamiento

El coronavirus se está extendiendo y en muchas regiones se han vuelto a implementar restricciones para la población. La pandemia está acelerando las tendencias a largo plazo en nuestro sistema económico y financiero.

La segunda ola de la pandemia de coronavirus se está desarrollando gradualmente, algo que es particularmente evidente en Europa. Los estados y las regiones están respondiendo con nuevas normas para los ciudadanos, que, en función de la propagación del virus, pueden ir desde confinamientos estrictos hasta restricciones más leves como toques de queda en los restaurantes o limitaciones en los eventos.

Es probable que la eficacia de las diversas normas de higiene no se manifieste hasta dentro de varias semanas, aunque también tienen una dimensión económica mientras no haya una vacuna efectiva. Cuanto más tiempo tarde la gente en recuperar la confianza para viajar, asistir a eventos y reunirse con el mismo nivel de confianza que antes de la pandemia, más dinero tendrán que gastar los estados en programas de ayuda para proteger los sectores, las empresas y sus trabajadores que se han visto afectados más gravemente por las consecuencias económicas de la pandemia.

La economía de mercado en tiempos del coronavirus

Todo esto es comprensible siempre y cuando se traten de ayudas provisionales que permitan un retorno previsible a la normalidad. Sin embargo, cuanto más tiempo duren las medidas de ayuda (pagos de apoyo, préstamos de ayuda, reducciones de jornada o la suspensión de la ley de insolvencia), más ocultan la eficiencia y competitividad reales de las empresas.

De esta manera se impide el proceso de destrucción (o renovación) creativa descrito por el economista Joseph Schumpeter. Existe la amenaza de una zombificación de la economía con muchas empresas medio muertas. Además, se imponen límites a la eficiencia del estado, incluso si puede asumir nuevas deudas sin intereses.

Los programas de ayuda no son gratuitos

Sin embargo, sin el apoyo del gobierno, muchas de las empresas que se vieron especialmente afectadas por la pandemia difícilmente sobrevivirían a un estado de emergencia prolongado. Los daños colaterales asociados a los proveedores, propietarios de inmuebles, bancos y otros acreedores afectados indirectamente, podrían no solo provocar una nueva recesión, sino también desestabilizar el sistema financiero.

Por consiguiente, es de esperar que los gobiernos, con la esperanza de un rápido regreso a la normalidad, hagan todo lo posible para que las empresas más afectadas se puedan salvar y así limitar las consecuencias económicas y sociales de la pandemia.

Esto conducirá inevitablemente a la persistencia de elevados déficits públicos y crecientes montañas de deuda, cuya financiación no es difícil actualmente debido a los bajos tipos de interés. Sin embargo, si los tipos de interés vuelven a subir algún día, por ejemplo porque la inflación aumentara más bruscamente o porque la gente convirtiera una mayor expectativa de inflación en una profecía autocumplida, la financiación de la montaña de deuda se convertiría en un problema.

Los bancos centrales también son conscientes de este peligro, aunque su política monetaria siga siendo tan expansiva como ingeniosa y predominen los tipos de interés cero y negativos y las compras de bonos del Estado y corporativos. La Reserva Federal estadounidense señaló recientemente que el aumento de la inflación no tiene por qué conducir necesariamente a un aumento de los tipos de interés. Los inversores deberían sacar las conclusiones correctas de la economía del coronavirus.

 

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