22.01.2021 - Flossbach von Storch

Érase una vez un colapso


Érase una vez un colapso

La renta variable, especialmente los valores tecnológicos, ha experimentado un rally en todo el mundo. Ya se oyen algunas voces en el mercado que lo comparan con el cambio de milenio.

Para obtener una rentabilidad razonable a largo plazo es necesario invertir en acciones. Esta idea no es nueva, pero cada vez está ganando más adeptos. Sin embargo, con un consenso cada vez más amplio y un mayor número de inversores actuando en consecuencia, aumenta el riesgo de que el resultado no sea el esperado; es decir, de que se produzca un reajuste brusco en el mercado.

¿Se producirá la (próxima) gran caída en las bolsas tras el repunte?

Algunos analistas comparan la situación actual con el cambio de milenio; especialmente en lo que respecta a la evolución del precio de las acciones de las (grandes) empresas tecnológicas. Por aquel entonces, al repunte histórico le siguió el gran colapso. ¿Nos encontramos ante una repetición de la historia?

Tradicionalmente existen tres razones que pueden motivar un retroceso brusco:

  • la caída continua de los beneficios empresariales
  • el incremento continuo de los tipos de interés
  • unas valoraciones exageradas

Los gobiernos han señalado que no cejarán en su empeño de luchar contra una posible recesión y que, si la situación lo requiere, ayudarán a los ciudadanos y a la economía con nuevos paquetes de ayuda. Están dispuestos a aceptar los déficits presupuestarios asociados y un mayor crecimiento del endeudamiento con el apoyo teórico de muchos académicos, que consideran que el problema de deuda resultante es manejable.

Por su parte, los bancos centrales han expresado inequívocamente su voluntad de asegurar condiciones de financiación favorables para limitar la carga de cualquier programa de estímulo económico o de ayuda. La presidenta del BCE, Christine Lagarde, ha instado a los gobiernos a usar dinero barato para mantener la economía en funcionamiento. Por lo tanto, se descarta la posibilidad de que se produzcan subidas de tipos de interés a largo plazo y tampoco cabe esperar un aumento significativo de las rentabilidades de los bonos, lo que repercutiría negativamente en la valoración de las acciones.

Las acciones se encarecen cuando ...

El tercer riesgo de una sobrevaloración está relacionado directamente con los dos primeros. Si los precios permanecen invariables, las acciones se encarecen cuando los beneficios caen (de manera sostenible) y los tipos de interés aumentan.

En la actualidad, las empresas incluidas en el índice de renta variable mundial MSCI World están valoradas en promedio alrededor de veinte veces sus beneficios previstos para los próximos doce meses. En este sentido cabe señalar que, en sus estimaciones de beneficios los analistas parten de la base de que se producirá una importante recuperación de los beneficios en comparación con 2020.

Si estas expectativas resultan ser razonablemente acertadas, las acciones no serían particularmente baratas en un contexto histórico, aunque estarían muy alejadas de los excesos de valoración de principios del milenio. Por no mencionar los bajos tipos de interés. A diferencia de entonces, hoy en día prácticamente no hay alternativas de inversión.

Todo el mundo quiere invertir en los “ganadores de la digitalización”

Sin embargo, en última instancia este tipo de índices solo representan un valor medio, que no se debe sobrevalorar, ya que es incapaz de representar lo que está pasando bajo la “superficie”. En este sentido, han aumentado considerablemente las valoraciones de las empresas tecnológicas en particular, cuya ponderación en el índice se ha incrementado constantemente en los últimos años. El año 2020 actuó como un acelerador de tendencias para estos ganadores de la digitalización, incitando a los inversores a valorar cada dólar de ingresos y beneficios actuales de forma cada vez más generosa, confiando en el glorioso futuro de las empresas.

Así pues, las plusvalías, a veces espectaculares, de los distintos valores tecnológicos son principalmente una expresión de un optimismo creciente, que de forma justificada o no, eleva el punto de referencia para el crecimiento futuro de los ingresos y beneficios. Las numerosas salidas a bolsa, algunas de ellas impactantes, con ganancias de hasta tres dígitos en el primer día de negociación, también traen recuerdos de la burbuja tecnológica de principios del milenio.

Además, hay una avalancha de las llamadas Empresas de Adquisición con Propósito Especial (SPAC, por sus siglas en inglés), es decir, empresas ficticias que cotizan en bolsa como si fueran una carcasa para invertir el capital recaudado en empresas que aún no cotizan. De los aproximadamente 180.000 millones de dólares recaudados el año pasado a través de ofertas públicas iniciales en bolsa (IPO, por sus siglas en inglés) en EE.UU., la mitad fue realizada por este tipo de empresas.

A menudo se trata de empresas que apenas tienen ingresos y mucho menos beneficios, y en casos especialmente flagrantes ni siquiera cuentan con un producto.

Así pues, la crisis de la COVID no solo ha impulsado la revolución digital, sino que también ha acelerado su anticipación por parte del mercado de valores, adelantando a muchas empresas un valor bursátil que primero hay que ganar.

Esta vez se trata de algo más que clics y “grandes” promesas

A diferencia del cambio de milenio, esta vez no son solo los clics y las eufóricas notas de prensa lo que impulsa los precios de las acciones tecnológicas sino los ingresos y el potencial de ganancias a largo plazo. Además, los bajos tipos de interés contribuyen a una importante reducción del factor de descuento de los beneficios futuros, lo que aumenta enormemente su valor actual. Así que se podría decir que actualmente el futuro es simplemente más caro que en el pasado. Esta es la razón principal por la que las valoraciones de las empresas con excelentes perspectivas de crecimiento a largo plazo han aumentado a un ritmo superior a la media.

Sin embargo, a la inversa esto también significa que la evolución decepcionante de las empresas conduce casi inevitablemente a penalizaciones desproporcionadas en las valoraciones y, por lo tanto, a una fuerte caída en los precios de las acciones. Esto se aplica no solo a los títulos del sector tecnológico tradicional, sino también a las empresas del sector tecnológico sanitario, a las empresas de tecnología financiera e incluso a valores concretos de los sectores industrial y de consumo.

Por lo tanto, es importante mantener un equilibrio entre las empresas con perspectivas de crecimiento especialmente buenas pero con valoraciones comparativamente altas en relación con la base de ingresos y beneficios actuales, y las empresas con ganancias resilientes pero con un potencial de crecimiento modesto, cuyas valoraciones son correspondientemente más reducidas.

 

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