17.03.2021 - Philipp Vorndran

Un “cisne gris”


Un “cisne gris”
Bloomberg

Hace diez años, un enorme maremoto en Japón provocó una catástrofe nuclear. A continuación, los mercados se desplomaron en todo el mundo. Sobre lo que los inversores pueden aprender de este acontecimiento.

Hace diez años, el 11 de marzo de 2011, un maremoto frente a la costa de Japón desencadenó una serie de tsunamis que destruyeron ciudades enteras y se cobraron la vida de más de 19.000 personas. Además, la central nuclear japonesa de Fukushima Daiichi sufrió un accidente en el que se liberó material radiactivo. Más de 100.000 personas perdieron sus hogares. Grandes extensiones de tierra siguen siendo inhabitables. No solo la catástrofe de Fukushima fue devastadora, sino que también sus consecuencias fueron dramáticas y extensas.

Las bolsas mundiales se desplomaron, al menos a corto plazo. El índice de referencia japonés Nikkei perdió casi un 20 % en pocos días. En Europa, los precios de las acciones, medidos por el Euro Stoxx 50, cayeron alrededor de un 7 % en el mismo periodo. Al menos en ese momento, el mercado temía que el accidente nuclear pudiera tener un impacto negativo a largo plazo en la economía japonesa y, dada su importancia, también en la economía mundial.

Precaución con las dependencias políticas

En Alemania, fueron principalmente las empresas de suministros las más afectadas. La canciller Angela Merkel inició la retirada de la energía nuclear debido a sus riesgos inherentes. Su “giro energético” privó a las empresas afectadas de gran parte de su base de negocio.

El efecto sobre los precios de las acciones de estas empresas sigue siendo evidente. Por eso, los inversores deben ser cautelosos a la hora de seleccionar empresas cuyos modelos de negocio dependen demasiado de los avatares de las decisiones políticas, y cuya oferta de productos y servicios no está suficientemente diversificada, como fue el caso de estas empresas, al menos en aquel momento.

Las preocupaciones económicas se desvanecieron rápidamente

Aunque el impacto sobre la población local, su entorno ecológico, fue y sigue siendo devastador, las preocupaciones económicas se desvanecieron pronto. Las cotizaciones se recuperaron en poco tiempo. El “cisne negro”, como símbolo de un acontecimiento altamente improbable, aunque muy destructivo, se desvaneció a tiempo. Casi tan rápida y sorprendentemente como había llegado. Probablemente, Fukushima fue más bien un “cisne gris”; al fin y al cabo, desde el accidente del reactor de Chernóbil, en la primavera de 1986, todo el mundo debía tener claro que la producción de energía nuclear no está exenta de riesgos. 

Sin embargo, Fukushima ha mostrado a los inversores que los desplomes bursátiles nunca se pueden prever en el tiempo, aunque algunos agoreros afirmen lo contrario. La devastadora erupción volcánica, un impacto de meteorito, el gran terremoto... todo esto puede suceder y probablemente sucederá en algún momento. Dentro de 10.000 o 20.0000 años. Todas ellas son catástrofes humanitarias y, por tanto, económicas. Sin embargo, esta incertidumbre, conocida como “riesgo de evento”, nunca debe determinar una estrategia de inversión a largo plazo. 

Las catástrofes no se pueden programar

Cuando estudiaba geografía en los años 80, los profesores siempre nos advertían sobre un superterremoto en California. A finales de los años 60, los científicos reconocieron que la Falla de San Andrés, que recorre unos 1.300 km de norte a sur de California, supone el límite de dos placas continentales y que los terremotos son inevitables en ella. Tras este descubrimiento, la cuestión para los habitantes de la región ya no es si se producirá el próximo megaterremoto, sino cuándo. Y, por supuesto, cuando llegue, todo se derrumbará en Silicon Valley, y con ello, los mercados de valores.

Por otra parte, si no hubiéramos invertido allí a lo largo de los años, ciertamente no habría sido lo mejor para nuestros inversores. ¡Silicon Valley sigue en pie!

 

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