Con la inteligencia artificial, las grandes empresas tecnológicas estadounidenses están invirtiendo enormes cantidades en el desarrollo de centros de datos que consumen mucha energía; sin embargo, no han modificado sus ambiciosos objetivos climáticos.
«La era informática se percibe en todas partes, excepto en los datos de productividad»; así describió el economista y premio Nobel Robert Solow en 1987 la «paradoja de la productividad» de la era informática que entonces comenzaba. Solow había observado que, a pesar de la creciente difusión de los ordenadores y las infraestructuras informáticas en la década de 1980, la productividad laboral apenas había aumentado, contrariamente a lo que esperaban y prometían los entusiastas de la tecnología.
No fue hasta finales de los 1990, con la llegada de Internet, la mejora de los programas informáticos y las adaptaciones organizativas, que la productividad mejoró de forma cuantificable gracias a esta tecnología. Por eso, muchos economistas denominan hoy en día a la fase anterior la «época de la paradoja», que se explicaría por los costosos ajustes y cambios que conllevó y que, por lo tanto, podía considerarse una fase de transición.
Actualmente se vuelve a debatir si la fuerte presencia de la inteligencia artificial (IA) dará lugar a un aumento de la productividad, ya que, hasta ahora, en muchos países industrializados solo se han observado unos cambios positivos mínimos en este sentido.
A pesar de esto, las grandes empresas tecnológicas estadounidenses siguen anunciando el desarrollo de sus centros de datos y gastan sus recursos (o los captan en los mercados de capitales) para dedicar a ello sumas astronómicas. Por tanto, se mantiene la confianza inquebrantable en los grandes beneficios sociales y económicos de la IA.
Paradójicamente, también sigue inquebrantable la convicción de las empresas tecnológicas de que podrán alcanzar sus ambiciosos objetivos climáticos a pesar del auge de la IA. Ni Alphabet, ni Meta, ni Microsoft, ni Apple han aprovechado el clima político oportuno de la presidencia estadounidense de Donald Trump para abandonar sus objetivos climáticos, que no solo son ambiciosos, sino casi arrogantes.
Aumento de las emisiones a pesar de los objetivos de reducción
A principios de la década de 2020, las cuatro se fijaron unos objetivos de «cero emisiones netas» o incluso de «emisiones negativas de carbono» que pretendían alcanzar antes de que terminara la década. Eso significa que, para entonces, deberán reducir una gran parte de sus emisiones y capturar el resto para que el saldo neto de emisiones sea cero. El término «emisiones negativas de carbono» implica incluso eliminar de la atmósfera más dióxido de carbono del que se genera.
Sin embargo, los balances medioambientales actuales de dichas empresas muestran que el consumo de energía aumentó rápidamente tras fijarse los objetivos, como lo hicieron también las emisiones de gases de efecto invernadero generadas efectivamente en sus instalaciones por el consumo de electricidad, y las emisiones de la cadena de valor también siguen escalando sin cesar. O, siguiendo la formulación de Solow: «el objetivo de cero emisiones netas se ve por todas partes, excepto en los balances de gases de efecto invernadero».
El hecho de que las empresas se mantengan fieles a sus promesas ante la opinión pública podría ser, tal vez, otra muestra de arrogancia y de sobrestimación. Pero quizá en sus balances de gases de efecto invernadero también vean un rayo de esperanza de que, dentro de unos años, la paradoja de las promesas climáticas podría asimismo resolverse, al igual que la paradoja de la productividad observada por Solow; algunos indicios así lo sugieren.
Energías renovables
Casi todos los grandes proveedores de servicios en la nube y de software «obtienen» su electricidad al 100 % de fuentes de energía renovables. Esto funciona de modo que, cuando no circula energía renovable por las redes, se pueden comprar certificados de otros lugares del mundo donde sí está disponible.
Además, todas las grandes empresas han invertido en energías renovables, por ejemplo, en la construcción de parques eólicos, o han firmado acuerdos de compra de energía a largo plazo, los llamados «Power Purchase Agreements». De este modo, las instalaciones se construyen con una viabilidad económica asegurada. Ambas prácticas envían señales al mercado sobre la expansión de las energías renovables.
Dado que estas capacidades por sí solas no son suficientes, las grandes empresas tecnológicas se interesan cada vez más por otras tecnologías neutras en carbono, sobre todo en la energía nuclear. Además de aumentar cada año sus contratos de compra de energía renovable, varias grandes empresas tecnológicas financian directamente nuevos proyectos o participan en ellos. Cuando estas capacidades se conecten a la red, las emisiones de gases de efecto invernadero derivadas de la generación de electricidad se reducirán a largo plazo.
Bienes de capital con altas emisiones
La mayoría de las grandes tecnológicas tienen bien controladas sus emisiones directas y relacionadas con el consumo de electricidad, al menos tras la compensación con certificados. Las emisiones indirectas de la cadena de valor (las de «alcance 3») suponen un problema mucho mayor.
Y es que, para alcanzar las «cero emisiones netas», también deben reducirse las emisiones en las fases anteriores y posteriores de la cadena de valor, es decir, por ejemplo, las derivadas de los bienes y servicios comprados, la construcción de edificios o el transporte de productos a los clientes. En el caso de los gigantes tecnológicos, lo que tiene más peso actualmente es la categoría de los bienes de capital en fases anteriores.
Esta incluye, entre otras, las emisiones derivadas de la producción de cemento, de los vehículos de construcción o de la fabricación de servidores y chips para los centros de datos que se construyen. En el caso de Meta, por ejemplo, estas emisiones subieron de 2,5 millones de toneladas en 2021 a unos 5,5 millones en 2024. En consecuencia, es llamativo el aumento de la proporción de la categoría de bienes de capital sobre el total de emisiones de la cadena de valor —que abarca 15 categorías— del 43 % al 68 %. Por lo tanto, las demás categorías no han aumentado en la misma medida.
Por ejemplo, la categoría que suele ser la más importante, «bienes y servicios comprados», se redujo en términos absolutos durante ese mismo periodo en aproximadamente un millón de toneladas de CO2, o en términos porcentuales, del 51 % al 23 %.
Estas cifras de emisiones son preocupantes, ya que los centros de datos que se construyen hoy en día acabarán provocando un mayor consumo energético en el futuro, el cual, a su vez, deberá cubrirse con energías renovables o, al menos, sin emisiones de carbono. Sin embargo, interpretados de forma positiva, estos datos también indican que, cuando se modere el auge de las inversiones en centros de datos, las emisiones de la cadena de valor deberían volver a la normalidad o incluso reducirse considerablemente si la creciente disponibilidad de energía renovable y las mejoras de eficiencia —impulsadas, entre otras cosas, por la propia IA— permiten disminuir las emisiones correspondientes a los proveedores y los clientes.
Y así queda la esperanza de que, dentro de unos años o décadas, la paradoja de los objetivos climáticos se comente en unos términos similares a como lo hizo Robert Solow en su día con la paradoja de la productividad: «yo no predije el futuro, sino que describí lo que era cierto en ese momento». Sin embargo, Solow tampoco rehuyó un análisis detallado de cómo se resolvió la paradoja.
La disponibilidad por sí sola no basta
Efectivamente, el verdadero cambio en la productividad no solo requería la disponibilidad de ordenadores, sino también los procesos correspondientes y una gestión adecuada. Las inversiones informáticas solo se tradujeron en un aumento de la productividad cuando se conjugaron con unos profundos cambios organizativos, inversiones complementarias, mejores indicadores, formación y, sobre todo, cambios en los procesos.
Esto describe el llamado «fenómeno Walmart». Así, en el caso del distribuidor minorista estadounidense Walmart, la productividad aumentó considerablemente gracias a las tecnologías de la información, por ejemplo, al modificar la gestión de almacenes, las prácticas de compra y los procesos en las tiendas mediante el uso de datos en tiempo real.
Por lo tanto, es lógico suponer que no solo se necesitan otros cambios «complementarios» para aumentar la productividad mediante la IA, sino que también se requiere algo más que la simple expansión de las energías renovables para alcanzar los objetivos climáticos.
Por un lado, consideramos que sería importante implantar un sistema de seguimiento de la energía y las emisiones en tiempo real para planificar los procesos operativos en función de la disponibilidad de energía y las condiciones del mercado. Ya hoy en día, las cargas computacionales que no son urgentes (por ejemplo, para el entrenamiento de la inteligencia artificial) se aplazan a horas en las que hay más energía renovable disponible en las redes y, por lo tanto, el precio en el mercado de electricidad es bajo.
La flexibilización de las redes, el uso de sistemas de almacenamiento cada vez más económicos y de mayor capacidad, así como la incorporación de señales de CO2 en la planificación, la presentación de informes y la remuneración —por ejemplo, con unos precios internos del CO2— son procesos complementarios importantes para lograr avances en el futuro. Ni la inteligencia artificial ni las energías renovables pueden considerarse soluciones milagrosas que se apliquen de forma generalizada a una economía. Ambas tecnologías deben integrarse de manera eficaz; pero eso requiere tiempo y capacidad de adaptación.
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